Fernando Molina

Ensayos, crítica, análisis

El legado económico del “gasolinazo”

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El decreto que el 26 de diciembre impuso el “gasolinazo” tuvo un efecto psicológico que trasciende el alza de carburantes y que, por eso, permanece luego de la anulación de este incremento. El mencionado decreto introdujo incertidumbre en la economía y potenció las expectativas inflacionarias. El día de su promulgación los actores económicos descubrieron, amargamente, que el sistema de precios boliviano no era estable y que, además, este Gobierno podía ponerlo cabeza abajo en cualquier momento (era obvio que un aumento de las gasolinas de entre 50 y 80 por ciento alteraría por completo el costo de vida).

Toda vez que los principales agentes económicos no son parte de las clases populares, que sienten simpatía por el Gobierno, sino forman las clases medias y altas, las cuales desconfían de él, hasta ahora las expectativas económicas negativas se han activado con gran facilidad. El Gobierno pudo combatirlas con un manejo prudente de la economía, abundancia de dinero en el Banco Central y las excelentes cifras del balance nacional. Hasta el 26 de diciembre…

Luego del gasolinazo, los agentes trataron –y tratan– de cubrirse por anticipado. Los síntomas fueron la “semi corrida” bancaria del 28 de diciembre y la carestía de algunos alimentos y materiales de construcción, que continúa hasta hoy. En el caso de los bienes, la lógica de los compradores es acumular a la espera de que los precios suban, y porque temen que, en condiciones de volatilidad, el abastecimiento falle. Al mismo tiempo, los vendedores quieren retener la entrega de su mercadería, a la espera de un precio más alto. Estas son las “expectativas inflacionarias” que, como ocurre a menudo en la economía, funcionan como “profecías auto-cumplidas”. Al no vender esperando inflación, los comerciantes provocan desabastecimiento y al final éste, en efecto, causa inflación. Lo mismo pasa con las corridas bancarias: el sistema financiero nacional está más sólido que nunca, pero si la gente sacara dinero sin motivo y sin parar durante algún tiempo, causaría los mismos problemas que inicialmente sólo vivían en su imaginación.

Suele decirse que un 90 por ciento de la economía es psicología. El principal daño que han causado los irresponsables diseñadores del “gasolinazo” se registra en este terreno. Habrá que decirles: “Felicidades, nutrieron las expectativas inflacionarias, y con una poderosa inyección de vitaminas”. Ahora bien, estas criaturas de la psique colectiva, una vez engordadas, no se disipan de la noche a la mañana: para ahuyentarlas, el público tiene que confiar plenamente en las autoridades económicas y monetarias, y las condiciones contextuales deben ser favorables. Y ambas cosas ahora están en cuestión.

No contentos con el flaco favor que se hicieron a sí mismos, los miembros del oficialismo siguen complicando las cosas con su soberbia y sus declaraciones intempestivas. Si la fuente de las expectativas negativas es la incertidumbre, la única forma de combatirlas es proporcionar a la gente certezas firmes y claras. Pero el Gobierno hace todo lo contrario. Poco después de retirar el alza de combustibles, el Presidente volvió a ponerla sobre el tapete; sus parlamentarios hablaron de incrementos graduales; fueron desautorizados, pero hace poco Evo insistió en que la subvención se levantará algún momento; en fin, entre todos siguen alimentando el fuego de los temores colectivos, echando carne a las fauces de los comportamientos especulativos y pro-inflacionarios. Semejante actitud implica sumar irresponsabilidad sobre irresponsabilidad, y hace candidatas a las autoridades a un urgente psicoanálisis.

El Gobierno tiene que volver a ser prudente con la economía o de lo contrario tendrá que enfrentar problemas frente a los cuales la polarización política de los años anteriores sería un simple juego de niños.

Written by molinafernando

January 14, 2011 at 8:28 pm

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La mentira de la nacionalización

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¡Tanta lucha y tanto gasto para que todo siga dependiendo de los intereses lucrativos de las transnacionales!

Durante años, los nacionalistas protestaron en la prensa y las calles por la liberalización de los precios de los hidrocarburos, que el modelo neoliberal de administración de esta industria consideraba fundamental para mantener a las petroleras interesadas en la exploración de nuevos pozos. ¿Para qué se supone que, al final, nacionalizaron la industria del petróleo? Para que esta pudiera independizarse de los intereses lucrativos de las trasnacionales y funcionar de un modo que asegurara la necesidad y soberanía del Estado. “No podemos depender del mercado para el cumplimiento de una tarea nacional estratégica: el autoabastecimiento energético”, decían de todas las formas y en todos los tonos.

A su prédica ayudaron los hechos: el poner los precios de los carburantes en un nivel que resultara interesante para las petroleras, esto es, a un nivel de mercado, se probó imposible para unos consumidores tan pobres como los bolivianos. Por esta razón, los gobiernos que se sucedieron desde la implantación del modelo neoliberal (1997) tuvieron que prescindir de la liberalización de la venta de carburantes, aunque al hacerlo arriesgaran el abastecimiento. El gobierno de Hugo Banzer eliminó la flotación de los precios internos en relación a las bolsas internacionales, el presidente Carlos Mesa congeló el barril para el mercado interno en 27 dólares.

Así, la prédica nacionalista, junto a la pobreza (y belicosidad) de los consumidores bolivianos, perforaron el modelo neoliberal de manejo de los hidrocarburos. En ese momento nadie sabía que años después los propios nacionalistas, por paradoja o, mejor, por payasada, etiquetarían este logro suyo –puesto que se lo arrancaron a los “gobiernos del neoliberalismo”– como “neoliberal”, y tratarían de abrogarlo. De ese modo, según dijo el Gobierno de Evo Morales en las últimas semanas, el congelamiento de los precios internos fue “neoliberal”, mientras que la liberalización de los precios, a la que Morales intentó volver con poco éxito a fines del año pasado, resultaba “nacionalista”. Una estupidez conceptual que, sin embargo, no sólo defendió el desacreditado vocero gubernamental, sino también algunos intelectuales izquierdistas que gozan de (injusta) fama de listos.

¿Por qué Morales intentó volver a la liberalización de precios? Porque, como bien ha dicho un periodista en la Tv., perdió la “guerra contra el capitalismo”, es decir, contra el mercado. Ciertamente que es una derrota que estaba, como suele decirse, “cantada”. Se cumplió la profecía de los neoliberales (también se cumplirán otras, en los próximos años) y sobrevino el desabastecimiento de petróleo (Bolivia es rica en gas, pero tiene muy pocos “líquidos”). El Gobierno, derrotado por las leyes del mercado y por la falta de producción, se vio obligado a cambiar de discurso: Ahora dice que sólo con un precio interno del barril de petróleo que sea atractivo para las petroleras extranjeras es posible que estas hagan lo que el Estado boliviano nunca ha podido hacer (tampoco después de nacionalizar), que es distraer sumas enormes de sus ingresos escasos para invertirlas en la exploración de nuevos yacimientos.

Alguien podría concluir que, muy bien, los muchachos han aprendido su lección. El problema es el sufrimiento que le cuesta al país su proceso de educación. Y no sólo hablo del sufrimiento material, como resultado del desabastecimiento de carburantes, la necesidad de importarlos y el intento chapucero de implantar nuevamente la liberalización de precios, causando zozobra general. Me refiero también al sufrimiento moral de quienes creyeron honestamente en la nacionalización y ahora tienen que ver cómo ésta entrañó una profunda mentira. ¡Tanta lucha y tanto gasto para que todo siga dependiendo de los intereses lucrativos de las transnacionales!

Written by molinafernando

January 13, 2011 at 12:12 am

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Juan del Granado y el Doctor Fausto

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Hace cinco años, Del Granado fue tentado por Mefistófeles. Creyó en la posibilidad de un poder sin control que al mismo tiempo sea justo.

Todos conocemos el cuento. El Doctor Fausto llega a un arreglo con el diablo: entregará su alma y a cambio recibirá la sabiduría que busca, y con ella lo que en verdad lo mueve: el poder. En el proceso comprende que el objetivo le exige más de lo que es posible, lo aleja de su verdadero ser, le quita humanidad. Se arrepiente de lo que hizo, pero ya es tarde, pues, como se sabe, es imposible dejar de pagar las deudas que involucran el poder.

Juan del Granado, uno de los nombres más respetados de la democracia boliviana, el perseverante perseguidor de García Mesa (único dictador latinoamericano en la cárcel), vive hoy una historia verdaderamente fáustica. Esta comenzó hace un lustro, cuando se presentó ante él, apenas disfrazado, un viejo conocido: el demonio del poder. Del Granado reconoció su olor sulfuroso y sus pezuñas asomando debajo de sus pantalones de hombre común, del atuendo de un trabajador de los tantos trabajadores que se afanan y luchan día a día, formando grandes multitudes. “Deja de lado lo que aprendiste desde la derrota de las socialistas bolivianos en los 70 –le dijo el demonio del poder–. Relativiza las garantías democráticas que aprendiste a valorar; vuelve a considerar el pluralismo político como una salvaguarda inventada por los reaccionarios para defender sus privilegios; súmate a la destrucción de todas las instituciones que construyó tu generación; deja que mis seguidores sumen ventaja sobre ventaja; aplaude la prepotencia y la agresión, si se cometen en mi nombre”, le dijo. “Mi nombre, que hoy es Cambio, ayer era Socialismo y siempre será Revolución”.

Del Granado, ex miembro de un partido que, al abandonar las armas, hizo la contribución clave a la democracia boliviana; ex diputado de una coalición democrática (MNR-MBL) que le permitió criticarla públicamente y catapultarse así a las alturas; el mejor alcalde de La Paz en décadas gracias a los pactos inter-partidarios que organizó en su concejo; y un hombre experto y educado… pese a todo, permitió que las marrulleras palabras del demonio del poder le nublaran los ojos.

“Entusiásmate –le dijo este–. Será posible hacer política sin tener que pensar en mí, que no es eso lo que pretendo, sino el puro beneficio de la gente. Confía –le dijo–. Contigo y con los otros (Pedro, Fabián, Marcela, Javier, pero sobre todo con Evo)… ustedes acabarán con las injusticias sin crear otras nuevas; y habrá líderes, pero no caudillos; y se prescindirá de límites y controles, con lo que la justicia social llegará antes y mejor; y todo incremento del poder del principal entre ustedes redundará en una mayor armonía para todos. Abandona, Juan, a esa criatura del cinismo y la amargura que los burgueses llaman ‘Estado de Derecho’. No le des la espalda, porque en este tiempo no es algo que convenga, pero sí muéstrale un indiferente costado. Piensa que si los maliciosos insisten en este esperpento es porque no confían en el hombre, en la llegada del hombre nuevo, en la alborada del hombre nuevo que ya es el militante investido del poder constituyente… Confía, Juan, en el hombre, confía en las multitudes, confía en que esta vez será diferente”.

Así habló el demonio, y Del Granado, pese a todas las advertencias en contra que había leído en los libros y los periódicos, se dejó convencer. Sentía muy cerca el gozo del poder y sus infinitas posibilidades…

Cinco años después, Fausto, enjuiciado por el poder, ¿se arrepiente de lo que hizo? En cualquier caso, debe recordar y pronunciar en público las viejas palabras que casi ya tenía olvidadas: “pluralismo”, “respeto del voto”, “justo proceso” y la más aborrecida “Estado de Derecho”. Cinco años después, la ilusión de un poder sin control y al mismo tiempo justo se le muestra como lo que es: una ilusión de Mefistófeles.

Written by molinafernando

January 13, 2011 at 12:12 am

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La mentira de la nacionalización

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¡Tanta lucha y tanto gasto para que todo siga dependiendo de los intereses lucrativos de las transnacionales!


Durante años, los nacionalistas protestaron en la prensa y las calles por la liberalización de los precios de los hidrocarburos, que el modelo neoliberal de administración de esta industria consideraba fundamental para mantener a las petroleras interesadas en la exploración de nuevos pozos. ¿Para qué se supone que, al final, nacionalizaron la industria del petróleo? Para que esta pudiera independizarse de los intereses lucrativos de las trasnacionales y funcionar de un modo que asegurara la necesidad y soberanía del Estado. “No podemos depender del mercado para el cumplimiento de una tarea nacional estratégica: el autoabastecimiento energético”, decían de todas las formas y en todos los tonos.

A su prédica ayudaron los hechos: el poner los precios de los carburantes en un nivel que resultara interesante para las petroleras, esto es, a un nivel de mercado, se probó imposible para unos consumidores tan pobres como los bolivianos. Por esta razón, los gobiernos que se sucedieron desde la implantación del modelo neoliberal (1997) tuvieron que prescindir de la liberalización de la venta de carburantes, aunque al hacerlo arriesgaran el abastecimiento. El gobierno de Hugo Banzer eliminó la flotación de los precios internos en relación a las bolsas internacionales, el presidente Carlos Mesa congeló el barril para el mercado interno en 27 dólares.

Así, la prédica nacionalista, junto a la pobreza (y belicosidad) de los consumidores bolivianos, perforaron el modelo neoliberal de manejo de los hidrocarburos. En ese momento nadie sabía que años después los propios nacionalistas, por paradoja o, mejor, por payasada, etiquetarían este logro suyo –puesto que se lo arrancaron a los “gobiernos del neoliberalismo”– como “neoliberal”, y tratarían de abrogarlo. De ese modo, según dijo el Gobierno de Evo Morales en las últimas semanas, el congelamiento de los precios internos fue “neoliberal”, mientras que la liberalización de los precios, a la que Morales intentó volver con poco éxito a fines del año pasado, resultaba “nacionalista”. Una estupidez conceptual que, sin embargo, no sólo defendió el desacreditado vocero gubernamental, sino también algunos intelectuales izquierdistas que gozan de (injusta) fama de listos.

¿Por qué Morales intentó volver a la liberalización de precios? Porque, como bien ha dicho un periodista en la Tv., perdió la “guerra contra el capitalismo”, es decir, contra el mercado. Ciertamente que es una derrota que estaba, como suele decirse, “cantada”. Se cumplió la profecía de los neoliberales (también se cumplirán otras, en los próximos años) y sobrevino el desabastecimiento de petróleo (Bolivia es rica en gas, pero tiene muy pocos “líquidos”). El Gobierno, derrotado por las leyes del mercado y por la falta de producción, se vio obligado a cambiar de discurso: Ahora dice que sólo con un precio interno del barril de petróleo que sea atractivo para las petroleras extranjeras es posible que estas hagan lo que el Estado boliviano nunca ha podido hacer (tampoco después de nacionalizar), que es distraer sumas enormes de sus ingresos escasos para invertirlas en la exploración de nuevos yacimientos.

Alguien podría concluir que, muy bien, los muchachos han aprendido su lección. El problema es el sufrimiento que le cuesta al país su proceso de educación. Y no sólo hablo del sufrimiento material, como resultado del desabastecimiento de carburantes, la necesidad de importarlos y el intento chapucero de implantar nuevamente la liberalización de precios, causando zozobra general. Me refiero también al sufrimiento moral de quienes creyeron honestamente en la nacionalización y ahora tienen que ver cómo ésta entrañó una profunda mentira. ¡Tanta lucha y tanto gasto para que todo siga dependiendo de los intereses lucrativos de las transnacionales!

Written by molinafernando

January 12, 2011 at 11:59 pm

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Written by molinafernando

January 12, 2011 at 11:56 pm

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